1808: Bailen el Principio del fin de Napoleon

Francisco Javier Castaños
Una pequeña batalla ganada por un desconocido general español quebrantó el mito de Napoleón y provocó una guerra continental.

Napoleón tenía a España en sus manos cuando estalló la rebelión del 2 de mayo. El rey y la Familia Real eran sus prisioneros, lo que en un sistema de monarquía absoluta suponía el colapso del Estado. Además, el núcleo útil del ejército español estaba en Dinamarca, mientras que el ejército francés se había desplegado por toda España, ocupando las plazas fuertes como aliado.

Pero los franceses no habían concluido su plan. Andalucía estaba a medio ocupar por Dupont cuando empezaron las hostilidades. Tomó Córdoba; luego se retiró hacia La Mancha pues, aunque le llamaban El General Audaz, temía que los guerrilleros le cortaran la línea de suministros en Sierra Morena. Sin embargo Dupont se encontró con un obstáculo en su retirada: un pueblo que dominaba la carretera, ocupado por españoles al mando del general Reding. Allí, en Bailén, se libraría una batalla que haría ese nombre famoso en toda Europa. Una pequeña y extraña batalla, que tuvo más de juego de ajedrez que de combate, donde fueron más importantes los faroles que los cañones. Una batalla entre dos generales que no querían combatir, lo que supuso para el francés el desprestigio y la cárcel, para el español la gloria y las medallas.

Ya hemos dicho que Dupont iba en retirada, pero el jefe del ejército que había mandado la Junta de Sevilla a perseguirle, Castaños, no quería pillarle. Francisco Javier Castaños no era un militar brillante como Dupont, ni un estratega, pero era inteligente y tenía sentido común. Era consciente de que un ejército como el suyo, lleno de paisanos sin instrucción militar, no podía enfrentarse en campo abierta a las disciplinadas tropas francesas.

Fueron los soldados de Castaños, escamados con la parsimonia de su jefe, quienes le obligaron a apretar la marcha bajo amenazas que no eran vanas. Hacía poco el populacho había linchado al marqués del Socorro, gobernador de Cádiz, por no parecer bastante patriota, de manera que a Castaños no le quedó más remedio que ir a la batalla para que no le cortaran el cuello los suyos. Así se escribe la Historia.

En la madrugada del 19 de julio los franceses se lanzaron al asalto de Bailén. Dupont tenía prisa por eliminar el obstáculo, pues temía que Castaños le alcanzase y le pusiera entre dos fuegos. Lo más curioso es que los españoles que defendían Bailén estaban en el mismo peligro, pues un fuerte contingente francés al mando del general Vedel acudía desde el norte para auxiliar a Dupont.

Los españoles no sabrían maniobrar en campo abierto como exigían las tácticas de la época, pero defendiéndose eran duros de pelar. Además, una circunstancia casi grotesca hizo aún más atípica la batalla de Bailén. En las filas francesas había dos regimientos de suizos, mercenarios profesionales que servían a distintos países de Europa. Pero las condiciones de contrato de los suizos establecían, siempre y de forma taxativa, que si en el campo de batalla se encontrasen con otro regimiento suizo del bando contrario, no combatirían contra él. Y eso precisamente pasó allí.

Entre los defensores de Bailén había también un regimiento suizo, astutamente situado por donde atacaban los suizos franceses. Cuando los helvéticos se encontraron cara a cara, en vez de dispararse, se saludaron ceremoniosamente.

A mediodía, con un calor infernal que había dejado exhaustos a los atacantes, los franceses pidieron un alto el fuego. Al poco llegaron las fuerzas de Castaños, y Dupont pensó que no tenía otra salida que negociar la capitulación. Pero por el otro lado llegaron también las fuerzas de Vedel, cogiendo entre dos fuegos a los españoles de Bailén. Fue entonces cuando Castaños dio un golpe maestro de guerra sicológica. Primero logró que Vedel no atacase, que aceptara el alto el fuego firmado por su superior Dupont. Luego amenazó a Dupont con pasar a cuchillo a todos sus hombres si no ordenaba a Vedel rendirse.

Al final de la batalla, con un desgaste mínimo, sin que la mayoría de sus tropas dispararan un tiro, Castaños había eliminado al ejército francés de Andalucía y tenía 17.000 prisioneros, incluyendo la crème de la crème de la Vieja Guardia Imperial, el batallón de Marinos , y a Dupont, El General Audaz, el héroe de Friedland, a quien Napoleón encarcelaría luego por haberse rendido.

Nunca les había pasado algo así a los ejércitos de Napoleón. Había empezado lo que éste llamaría “le bourbier espagnol”, el cenagal español.

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