1746 : Fernando VI, el Prudente
A los reyes longevos y de mucho carácter les suelen suceder hijos, y a veces nietos, que pasan a la historia sin pena ni gloria y a los que apenas les da tiempo de empaquetar la herencia recibida para entregársela intacta a sus sucesores, que suelen ser de nuevo longevos y herederos del carácter de sus abuelos. Los historiadores llaman a estos periodos en los que no pasa nada “reinados de transición”, y aletean por encima de ellos con un desdeñoso sigilo.
Al personaje que hoy nos ocupa le tocó ser uno de esos reyes transitorios cuyo legado ha sido eclipsado por dos gigantes, el que le precedió y el que le sucedió. Y es que si reinar entre Felipe V, primer Borbón y uno de los monarcas de más larga vida de cuantos hemos tenido, y Carlos III, tan célebre que su nombre es sinónimo de rey, no es tarea fácil, perdurar en la memoria es misión imposible.
El infante Fernando, segundogénito de Felipe V y María Luisa de Saboya, no había nacido para rey. Tal honor le correspondía a su hermano Luis, Príncipe de Asturias algo golferas al que sólo le dio tiempo de reinar ocho meses antes de que la viruela se lo llevase por delante. Como Fernando era aún muy joven, su padre, que se había retirado al palacio de La Granja, hubo de retomar, muy a su pesar, las tareas de gobierno y nombrarle heredero. A Fernando, sin embargo, lo de reinar no le iba demasiado. Era de carácter tristón, aficionado a la música, a las artes y a la vida contemplativa. Loables pasatiempos, sin duda, pero muy lejos de lo que se esperaba de todo un rey de España. Al cabo de unos años su padre murió, y no le quedó más remedio que encarar del mejor humor posible su ineludible destino.






