-45 ac : Munda, la batalla definitiva de César

Muchos creen que Julio César labró su fortuna en Francia, en esa guerra de las Galias que él mismo glosó en tercera persona. Y en parte es cierto: sin Galias, Roma nunca hubiera conocido a César.

Lo que no se sabe es que el fundador oficioso del Imperio Romano fue elevado a la máxima magistratura de la antigua República Romana, la de dictador a perpetuidad, gracias a una campaña bélica que tuvo lugar en España, y que vio su último episodio de armas en algún lugar de la Bética, que es como los romanos llamaban a Andalucía.

La pregunta es: ¿qué diantres hacía un bravo general de frontera como Julio César en la acogedora Hispania?, ¿acaso no llevaba ya cerca de dos siglos conquistada, y su romanización avanzaba a pasos agigantados? Y es cierto, el sur de Hispania era, a mediados del siglo I antes de Cristo, el jardín trasero de Roma. Florecían las ciudades, el latín se imponía como lengua franca entre los asilvestrados celtíberos y nada ni nadie se oponía al poder civilizador llegado de la caput mundi. Precisamente por eso, porque la Bética era casi tan romana como la propia Roma, sus generales rebeldes la utilizaban como base de operaciones.

A principios del año 45 ac  la República se encontraba envuelta en la segunda guerra civil entre optimates, acaudillados por Pompeyo Magno, y populares, cuyo guía era Julio César. La guerra pintaba realmente mal para los primeros. Pompeyo había sido asesinado a traición en Egipto tras la derrota de Farsalia y sus hombres huían en desbandada por todo el imperio. De la rebelión quedaba el nombre de su difunto líder y un puñado de generales que no estaban dispuestos a rendirse, entre los que se encontraban sus hijos, Sexto y Cneo Pompeyo. Perdidos Egipto, Grecia y el Asia Menor, lo que quedaba del ejército pompeyano se refugió en Hispania, donde, sabedor de lo numantina que era la gente de aquella tierra, esperaba recuperarse para plantar cara a César.

No eran los primeros en hacerlo. Treinta años antes otro romano, Quinto Sertorio, había hecho lo mismo. Se atrincheró a este lado de los Pirineos esperando a portagayola la acometida del Senado. Por esas carambolas que tiene la historia, el encargado de meterle en cintura había sido el propio Pompeyo. La rebelión sertoriana acabó en fracaso aplastante, pero dio trabajo a los ejércitos senatoriales durante varios años. Cabía, pues, la esperanza de salir bien librado y fundar una nueva Roma de optimates y para optimates en el solar de la rica y apetitosa Hispania.

A los rebeldes los cálculos les salieron a la primera. Como no hay cosa que más nos guste a los hispanos que una causa perdida, los pompeyanos reclutaron en tiempo récord trece legiones (más de 70.000 hombres), conformadas en gran parte por indígenas. Mientras en otros lugares habían encontrado traición, los herederos de Pompeyo encontraron en Hispania lealtad sin fisuras.

En cuestión de semanas la noticia ya había llegado a Roma. César, que tras el asesinato de Pompeyo daba la guerra por concluida y libaba las mieles de la victoria en el Palatino, tuvo que levantar un ejército a toda prisa. Logró juntar ocho legiones (unos 50.000 hombres), que tendrían que recorrer 2.500 kilómetros para llegar al foco de la rebelión.




César sabía que se la jugaba. Si tardaba más de la cuenta, los amotinados irían ganando simpatías, y podría suceder que otros generales se pasasen a su bando. Pompeyo había muerto, pero no sus hijos, que aún se beneficiaban del aura de general invencible que había acompañado a su padre en vida. Era cuestión de no perder un minuto, así que César salió rápidamente de Roma y puso rumbo al sur de Hispania, a la ciudad de Corduba, donde se encontraba el cuartel general de los rebeldes. Iba tan apurado que hizo el camino en un mes, en marchas maratonianas de 80 kilómetros al día en pleno noviembre, que no era, precisamente, un mes muy indicado para hacer la guerra ni para desplazar tropas.

Al llegar a la vega del Betis se acuarteló, en espera de enfrentarse a los sediciosos. Era invierno, y en esa época del año no se combatía por el mal tiempo y la brevedad de los días. Para matar el tiempo compuso uno de sus poemas más celebrados, "Iter" (camino), en el que narraba el apresurado viaje desde Roma. El problema es que no sabía dónde se encontraban los hijos de Pompeyo y su colosal ejército. A mediados de marzo, cuando la primavera aprieta en los campos del sur, ambos ejércitos se dieron de bruces cerca de Munda, que, aunque parezca mentira, a día de hoy no sabemos bien dónde se encontraba. Unos dicen que es Montilla, en Córdoba; otros que Osuna, en Sevilla, y algunos que el pueblillo de Monda, en Málaga.

Los que sí sabían dónde se encontraba eran los hermanos Pompeyo y el verdugo de su padre, Julio César. Se estuvieron observando durante varios días. Los rebeldes se encaramaron sobre una colina a espaldas de Munda, colocando la caballería en los laterales. César, al otro lado del arroyo, contaba con menos hombres, aunque mejor preparados y más curtidos en el combate. Sexto y Cneo Pompeyo dejaron la estrategia a su mejor general, Tito Atio Labieno, que había sido lugarteniente de César en la guerra de las Galias.


Labieno optó por esperar a que su oponente se decidiese a atacar, cosa que tendría que hacer más pronto que tarde, ya que no iba especialmente largo de provisiones. El 17 de marzo César ordenó el avance. Sus legionarios cruzaron el arroyo y permanecieron al pie de la colina, aguardando la previsible acometida de los pompeyanos. La caballería, entre tanto, se adelantó y se enzarzó con la caballería enemiga. Todo era cuestión de tiempo. La posición de César era insostenible. O rompía la línea o los pompeyanos, mucho más numerosos y mejor situados, terminarían por arrollar al cuerpo central. Si César no lo impedía, podía ir despidiéndose de la batalla, de la guerra, de su carrera política y quizá hasta de la vida.

Pero entonces el genio del vencedor de las Galias volvió a brillar. El as que se tenía guardado en la armadura era la Legión X Equestris, la mejor y más disciplinada, que partió en dos el ala izquierda de Labieno, abriendo un boquete por el que se empezaron a colar soldados enemigos. En lugar de tapar la herida con las legiones adyacentes, Labieno ordenó a la legión que tenía en el extremo derecho abandonar su posición y acudir a cubrir el hueco abierto en el izquierdo. Aquello fue su perdición. Los jinetes de César aprovecharon la inexplicable maniobra de su adversario y penetraron por ahí, poniendo en jaque a los auxiliares y a la caballería pompeyana, que, copada y en inferioridad, salió en desbandada. Después de muerto, Pompeyo había vuelto a perder contra César.

Parte de las tropas pompeyanas se refugiaron en Munda, donde combatieron hasta el último hombre capitaneadas por Labieno, que perdió la vida aquella misma mañana. Los hermanos Pompeyo se batieron en retirada hacia Corduba. Con el tiempo ambos fueron capturados y ejecutados. César, entre tanto, viajó de vuelta a Roma para ser coronado dictador vitalicio. 
Poco le duraría la alegría. Justo un año después fue asesinado por sus fieles en las escaleras del Senado. Su sucesor, Octavio Augusto, finiquitó lo poco que quedaba de la República botando la vigorosa nave del Imperio Romano, que duraría medio milenio y que, curiosamente, había nacido en Hispania, en las todavía ignotas tierras de Munda.



Autor Fernando Díaz Villanueva

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