El Imperio Español 01 - El pasado español

El ejército español está en Santa Fe, donde se alojan, en una ciudad construida por los soldados en ocho días, los Reyes Católicos y Francisco de Bobadilla, comendador de la orden militar de Calatrava. Tenían el derecho de patrocinio sobre todas las iglesias y conventos que fundasen en los territorios conquistados de la mano de Inocencio VIII.

Granada estaba coronada por el palacio de la Alhambra y el Generalife. El producto principal de su comercio era la seda. En la ciudad convivían musulmanes, mudéjares y judíos. Los mozárabes supervivientes habían sido deportados por temer que actuasen de quinta columna. El emirato de Granada se fundó en el siglo XIII tras el colapso de las taifas y la firma del tratado de paz entre Muhammad I y Fernando III, con quien contribuyó al avance de la reconquista por el valle del Guadalquivir. Este tributo pervivió hasta 1480, lo cual iba en contra de la ley islámica.

La guerra contra Granada había tenido capítulos inciertos. Finalmente, las batallas de Málaga y Ronda, así como la destrucción de parte de la agricultura de la vega de Granada por las cabalgadas cristianas desde 1482 habían inclinado la balanza. En 1485, la guerra civil entre los partidarios de la favorita del rey Boabdil de Granada, Zoraya, y la sultana Aisa, facilitaron la división del emirato. La decisión de atacar el último reducto, “señorío”, musulmán, se tomó en las Cortes de Toledo de 1480. No se quiso continuar cobrando el tributo de las parias. Los Reyes catolicos ansiaban complacer al papa Sixto IV, quien publicó una bula a favor de la Santa Cruzada en 1479 y en 1482. El factor cristiano era importante, tanto en simbología como en miembros físicos, como el arzobispo Carrillo, que condujo sus tropas al asedio. Uno de los motivos que quizá empujó a Fernando a la guerra de Granada pudo ser el deseo de culminar con un deseo nacional y, como decía Maquiavelo, comprometer las energías de los “barones”.

La corte española que había organizado la guerra era itinerante. Por ejemplo, en 1490 los monarcas se detuvieron en veinte ciudades distintas, así como en muchos pueblos entre los feudos de los grandes señoríos como en las propiedades del clero y la misma Corona, los tres grandes sectores en que estaba dividida la propiedad de la tierra. Gobernar en España era pasarse miles de horas en el que era el verdadero trono: la montura del caballo. Sin embargo, estos viajes tenían sus ventajas. Fernando e Isabel habían visitado casi toda España e impartido justicia en muchos pleitos. De manera que conocían sus reinos mejor que la mayoría de los soberanos. Estos viajes eran tanto más importantes si tenemos en cuenta la fragmentación de sus reinos. El único lugar que no visitaron fue Oviedo, que una vez abandonado por el rey Garía en el 912 ya nunca más recibió la visita de otro monarca, excepto Pedro el Cruel. Van den Vyngaerde representó todas estas ciudades aunque unas décadas después.

Isabel fue educada por López de Barrientos, dominico tolerante que llegó a ser obispo de Segovia. Leyó diferentes crónicas. Aprendió sobre la vida de Juana de Arco y soñó, como aquella, en recuperar los reinos de sus antepasados, en este caso Granada. La muerte de su hermano Alfonso antes sus ojos le dio la oportunidad de subir al trono. Muchos eran los candidatos (Ricardo III, el rey Alfonso de Portugal, Don Pedro Girón, el príncipe Fernando de Aragón). Las intrigas en la Corte entre el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo de Acuña y Juan Pacheco, marqués de Villena, concluyeron con la aceptación del puesto de heredera de Isabel, que contaba con 17 años en 1468. En el monasterio de los jerónimos de Guisando, ambos bandos celebraron una reconciliación. Después, Isabel, como princesa de Asturias, fue a vivir a Ocaña con su “Casa real”, dirigida por Gonzalo Chacón y su primo Gutierrez de Cárdenas, allí colocado por el arzobispo Carrillo. Un documento falsificado por Antonio Veneris, legado pontificio en España, permitió a Fernando contraer matrimonio con una prima hasta el tercer grado de tal parentesco. Ella contaba con 18 años, él con 17. Isabel era seria, decidida, inflexible y resuelta. No solía sonreír, pero tenía el don de la ironía. Podía ser vengativa, pero normalmente se mostraba piadosa. Contaba con una biblioteca de 400 volúmenes y siempre iba acompañada de un coro con unas 20 personas.

Aragón era mucho más que la región interior de ese nombre. El Parlamento (las Cortes) y el Justicia de Aragón eran las dos instituciones que más relevancia tenían. Las Cortes de Castilla eran menos importantes que las de Aragón, porque la Corona dependía menos de ellas, ya que tenía recursos financieros alternativos. Las Cortes eran inadecuadas como poder legislativo, pero Castilla estaba en pleno crecimiento económico (negocios laneros en Flandes e Inglaterra). Fernando nació en 1452 en Sos, situado en el Alto Pirineo. Ya Fernando de Antequera, su abuelo, había predicho y deseado la unión con Castilla.

Una vez contrajeron matrimonio, Enrique IV asedió Valladolid, rompiendo así los pactos de Guisando. Fernando e Isabel se refugiaron en Ávila, Medina del Campo y, luego, en Medina del Rioseco, sede de la familia Enríquez. Un año después en 1474, falleció Enrique IV, y al día siguiente se proclamó reina de Castilla. Fernando cabalgó hasta Segovia, donde aconteció el hecho, y allí, ante sus consejeros y pequeñas cortes, firmaron un acuerdo en virtud del cual la Corona de Castilla recaía en la reina, pero ambos podrían firmar cédulas conjuntamente, aprobar la acuñación de moneda y la impresión de sellos reales y compartirían la misma casa real. No obstante, solo ella podría nombrar a los cargos oficiales en Castilla, conceder subvenciones y nombrar a los comandantes. Impartirían justicia juntos, pero podrían ejercerla por separado. Ahora bien, en el caso de que Fernando muriese antes que la reina, Isabel heredaría la Corona de Aragón, a pesar de que las mujeres, por la Ley Sálica imperante, nunca había gobernado allí. Se daba por sentado que, en el caso inverso, el heredero no sería Fernando, sino uno de los hijos del matrimonio. Isabel fue asesorada por:

-el cardenal arzobispo de Sevilla y, luego, de Toledo, así como presidente del Consejo de Castilla, Pedro González Mendoza, el apodado “tercer rey de España”, que fue hijo del ilustradísimo Iñigo Hurtado de Mendoza, poeta y humanista. En 1485 fue nombrado “primado de España”.

- Hernando de Talavera, su confesor desde 1475, que ingresó en el Consejo Real a propuesta del Cardenal Mendoza.


Al entrar en la orden borgoñona del Vellocino de Oro, Fernando adoptó como emblema el yugo y las flechas. Los conflictos en Castilla no terminaron cuando Isabel se hizo con el poder. Por ejemplo, el Marqués de Villena, hijo de Pacheco, era partidario de Juana “la Beltraneja”, también apoyada por el descontento arzobispo Carrillo. Alfonso de Portugal anunció su intención de casarse con Juana. Así estalló la guerra. Tras la victoria de Fernando en el frente de Toro y Extremadura, sucedió a su padre en el trono de Aragón y Alfonso de Portugal abdicó en su hijo. Era Fernando más calculador que apasionado y con mejor humor que su esposa. Al poco, conquistaron las islas Canarias. La vocación castellano-aragonesa por el Atlántico comenzaba a despertar.

Isabel y Fernando tuvieron gran éxito. Tenían un sentido serio de sus obligaciones y acabaron con la crónica de guerras civiles que había caracterizado las relaciones entre la Corona y los nobles en ambos reinos. Mediante sus continuos viajes, la dura represión de las revueltas y la sabia concesión de títulos y recompensas, los dos monarcas empezaban a reducir a la nobleza a un estamento del reino, mientras que anteriormente ésta había sido rival de la Corona. De hecho, nobles y altos cargos de la Iglesia podían seguir asistiendo al Consejo Real, pero no tenían derecho a voto (comenzó siendo judicial, pero se estaba convirtiendo en el elemento rector de la administración del Estado).Además, comenzaron a centralizar impuestos. A los ya conocidos, alcabala sobre las venta y almojarifazgo aduanero, se unieron los de “cruzada” y los de la Mesta.

Las Cortes contaban con treinta representantes, aproximadamente, de las 15 ciudades con derecho a voto en Corte. Castilla, a diferencia de Aragón, no las convocó entre 1480 y 1498. Además, Aragón e Inglaterra firmaron un pacto de ayuda mutua en Medina el Campo en 1489, aunque ni Francia ni Portugal parecían una amenaza en esos momentos. Los embajadores aragoneses en media Europa mantenían informado al monarca. En las Cortes de Madrigal de 1476 nació la “Santa Hermandad” (un jinete armado por cada cien vecinos). La eficacia administrativa y coordinativa que mantuvieron los Reyes catolicios nos ayuda a comprender con cuánto acierto se pudo completar los preparativos de Córdoba y las campañas de Málaga y Granada.

Algunos dirigentes de las tropas reales fueron Rodrigo Ponce de León, Íñigo López de Mendoza, Juan Ortega de Prado, el conde de Haro y el de Medina-Sidonia. Predominaba la caballería a la infantería. Fueron hombres de las órdenes militares y de todas las regiones de España, incluso de Galicia y Vizcaya. También había una guardia real de lanceros a caballo, al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba. La Santa Hermandad, fuerza “policial” a nivel nacional, aportó unos mil quinientos lanceros y cincuenta arcabuceros. No podemos olvidar a los esclavos de Canarias y África (desde la antigüedad no desapareció la esclavitud, pero en los siglos de guerra cristiano-musulmana se incrementó en número. La esclavitud se aceptaba como tal y no se contemplaba ninguna clase de protesta. Era obligatorio tratar a los esclavos humanamente, pero nadie pensaba en ese momento que debiera abolirse la institución). Muchos hombres entraron en el ejército a cambio de recompensas y honores, otro para purgar sus culpas por algunos delitos. Desde Escocia, Inglaterra, Suiza y Génova acudieron hombres al grito de cruzada (del mismo modo, acudieron escritores, como el italiano Pedro Mártir, el arquitecto Juan de Guas o el pintor estonio Michael Littow). En la batalla se combinó la épica y religiosa hermandad caballeresca compuesta por hombres sobre équidos y los carros de artillería, armas de una nueva época entre las que encontramos lombardas y arcabuces, que permitían a un solo soldado usar un arma de fuego.

Los consejeros y burócratas de los Reyes catolicos también estaban con la Corte en Santa Fe. Muchos eran clérigos, obispos, poco antes estudiantes de leyes en la Universidad de Salamanca. Encontramos, asimismo, judíos, que desde 1490 eran cristianos serios que habían olvidado su antigua religión. Pero en Sevilla el peligro judío había crecido considerablemente, por lo que decidió crearse la Santa Inquisición en 1480 mediante la bula Exigit sincere devotionis, promulgada por el papa Sixto IV. No obstante, muchos entraron en la administración, e incluso Yuhdá ha-Levi terminó siendo obispo de Burgos con el nombre de Alonso de Santa María.

La Inquisición no tardó en ser establecida en casi todas las poblaciones importantes de Castilla. La instauración del Santo Oficio derivó en una ola de hostilidad hacia la castellanización de la Corona de Aragón entre sus pobladores. El número de ejecutados antes de la conquista de Granada fueron unos 6.000. La inquisición actuaba contra los conversos, no contra los judíos. Muchos de estos hicieron acto de presencia en Santa fe, como el médico de la reina, Lorenzo Badoz.

También estuvieron representantes de órdenes contemplativas, como los benedictinos y los jerónimos, así como órdenes activas, como los dominicos y franciscanos. Por otro lado, la nobleza fue abundante en esta campaña. A finales del siglo XV la nobleza española constituía una gran familia, con unas veinte ramas, encabezada por los Mendoza, con el duque del Infantado como miembro de mayor rango… pero incluso este título tenía menos de veinte años de antigüedad, proveniente de esa nueva nobleza nacida de las “mercedes enriqueñas” y de Álvaro de Luna. Los pagarés, en época de los Reyes catolicos, no se hicieron tanto en tierras como en dinero.

Los costes de la guerra fueron elevados, quizá unos 800 millones de maravedís, recaudados mediante varias fuentes, entre las que se incluía un impuesto especial a la comunidad judía de ochenta millones de maravedís.




Resumen de texto original de  Hugh Thomas

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