1492 : La conquista de america mitos

La duracion del imperio español en las Américas, que abarcó más de tres siglos (cuatro, si incluimos a Cuba y Puerto Rico) fue uno de los logros imperiales más importantes en toda la historia universal.

Al descubrir a la vista de Europa tan vastos territorios, y al asumir su dirección política, los españoles extendieron enormemente los horizontes materiales e intelectuales de la humanidad. La única acción que se puede asemejar con las actividades de España más allá de los confines del mundo entonces conocido, sería la exploración del espacio en el siglo XX. Si restringimos la comparación a los límites terrestres, esta formidable hazaña se equipara con ventaja a la creación y durabilidad de otros imperios como el romano o el inglés.

La amplitud y complejidad de este proceso asombra y  confunde la imaginación . Son numerosas las pruebas que por escrito existen de él, ya que probablemente sea el período mejor documentado de toda la historia anterior al siglo XIX . La inmensidad de la burocracia del Imperio Español, con un énfasis especial sobre la jurisprudencia , agregado a la preocupación real de conservar los archivos, aseguró el que enormes cantidades de documentos oficiales dieran prueba de las acciónes realizadas en ultramar.

Aquellos siglos imperiales fueron ricos en diversidad humana. En compañia de los españoles, otros europeos y africanos de diferentes clases y niveles de cultura, ademas de indios nativos, asimismo de variados matices y timbres, formaron un caleidoscopio de la peor, mejor o indiferente clase humana. Se extendieron a través de la enorme diversidad e inmensidad geográfica del Nuevo Mundo, originando terribles problemas de carácter social, político y económico, que aún hoy subsisten.

Son frecuentes , las generalizaciones erroneas sobre esta extensa zona y sus varios siglos de historia, incluso entre aquellos más familiarizados con tales materias. Todavía no se ha estudiado la mayoria de la documentación a escala suficiente; las variantes geográficas son tantas; la mezcla racial y cultural de europeos, indios y africanos es tan confusa que, incluso para expertos, resulta difícil el establecer juicios definitivos. La abrumadora complejidad de todo ello —a menudo ignorada por profesores y escritores— es la realidad: las generalizaciones simplistas, parte del mito.

La creencia común de que la conquista española en América estuvo sistemática y profundamente caracterizada por una singular crueldad, codicia, rapacidad y corrupción general, no se corrobora con la evidencia. Digámoslo lisa y llanamente: No existe nada en toda la historia española que pruebe que los españoles de entonces puedan clasificarse como más crueles, más ambiciosos o más corrompidos que otros pueblos.

No creo en la existencia de ningún intelectual respetable que, libre de prejuicios raciales y religiosos, pueda contradecir esta afirmación.

Conquistas de esta naturaleza, por pueblos de una civilización mas alta que dominan sobre otros con civilizaciones inferiores, han ido, con mucha frecuencia, acompañadas de crueldades por una y otra parte, saqueos, depredaciones y atrocidades, que todos calificarían de criminales.El simple hecho de que los seres humanos, sean civilizados o salvajes, estén involucrados en ello, corrobora y confirma este punto.

Hay sobradas pruebas de haberse cometido tales inhumanidades, tanto por parte de los indios como de los españoles, durante el período de la Conquista. Hay, asimismo, suficiente evidencia de que tales atrocidades se consideraron y castigaron como crímenes cometidos contra las leyes vigentes y, como actos punibles, fueron perseguidos y castigados según los principios de justicia de las naciones y sociedades más civilizadas. 

Cuando se comprende que la España del período de la Conquista era una nación hondamente civilizada y de un nivel cultural a la medida de aquella época, estos criterios y actuaciones resultan del todo comprensibles. En jurisprudencia y diplomacia, así como en materias de orden religioso, político y en general en lo relativo a todas las ramas de la cultura, ostentó España durante todo el siglo XVI y gran parte del siguiente, un prestigio cumbre entre las demás naciones europeas.

Es común la creencia inglesa, que nosotros poco a poco hemos heredado, de que los ingleses hubieran tratado a los indios americanos de forma más humana que los españoles. No hay ni una sola evidencia en qué apoyar este punto de vista comparativo y sí, por el contrario, argumentos y pruebas en su contra. En circunstancias similares, los ingleses trataron a los indios con una dureza y crueldad iguales, si no peores, al comportamiento de los españoles. El gobierno y pueblo inglés y sus descendientes en el Nuevo Mundo mostraron, en su mayor parte, una manifiesta indiferencia por la protección y bienestar del indio americano, indiferencia que destaca especialmente si se la contrasta con los enormes esfuerzos españoles, tanto gubernamentales como individuales, en un sentido diametralmente distinto.

Del estudio de la Europa contemporánea esto es, en particular, la del siglo XVII, se desprende claramente el patrón universal de crueldad, intolerancia e inhumanidad que caracterizaba la vida social, religiosa y económica del continente. El humanitarismo era, por aquel entonces, un simple concepto de relaciones humanas aún en estado latente y sin desarrollar, siendo por el contrario , universal el desprecio de los derechos inherentes al individuo. Para un conquistador, el comportarse de forma compasiva hacia el conquistado, se consideraba generalmente , como un signo de debilidad.

Algo de la equivocación nuestra y de los ingleses sobre esta materia, procede de utilizar actitudes de los siglos XX y XXI como plataformas para lanzar cohetes moralizadores hacia los españoles del siglo XVI. Pero algo de ello está también basado en el general complejo de superioridad nórdico, en nuestra actual simpatía por el pobre indio y, lo que es más importante, en el simple desconocimiento de la historia de España e Hispanoamérica. En tanto que toda persona de habla inglesa está perfectamente enterada de, digamos, la victoria de Cortés y la consiguiente matanza de indios, cosa natural en tiempo de guerra, ni uno entre diez mil se enteró jamás de los sinceros intentos de los conquistadores y oficiales reales de evitar y prevenir tal disminución indígena, durante y después de la Conquista.

El decrecimiento de esta población, debido a múltiples causas, constituyó una seria preocupación para la monarquía y representantes del Rey de España, a lo largo del siglo XVI e incluso más adelante, y se trató repetidamente en cédulas reales, correspondencia virreinal, etc. Es por ello, por lo que el profesor Lewis Hanke, uno de los mayores expertos sobre Latinoamérica, puede hacer declaraciones como esta: «Ninguna nación europea se responsabilizó de su deber cristiano hacia los pueblos nativos, tan seriamente como lo hizo España».

Es opinión popular, y con demasiada frecuencia aceptada como doctrina, que prácticamente todos los españoles vinieron al Nuevo Mundo como buscadores de oro, con una desdeñosa insinuación de que en ello había algo reprensible. El «Buscador de oro» español llegó a ser un estereotipo desde hace siglos y en tal forma perdura hasta nuestros días.
   
Raramente se considera la posibilidad de que los españoles emprendieran la ruta a América por un simple deseo de mejorar fortuna, o que pudieran ir animados de un mero anhelo de establecer hogares y colonizar, o que se interesaran en comenzar una industria ganadera, comercial o agrícola, o que ejecutaran cualquiera forma de servicio a la Corona, es decir, tomar parte en todas las múltiples ramas de la actividad humana.

Es lógico y evidente el hecho de que la mayoría de los españoles que emigraron al Nuevo Mundo aún durante la Conquista (es decir, primera mitad del siglo XVI) lo hicieron guiados por motivos de similar naturaleza y diversidad a los que mueven en todo tiempo las corrientes migratorias. He aquí una muestra cogida al azar:

    «Aunque no sea generalmente conocido, el hecho es que los conquistadores españoles vinieron al Nuevo Mundo tanto en busca de plantas medicinales como de oro. 'El caduceo, símbolo de los médicos, lo es también de la Conquista española tanto como la espada y la cruz». dice el doctor Francisco Guerra, catedrático de Farmacología de la Facultad de Medicina (Universidad de California, en Los Ángeles).

La Corona española no escatimó esfuerzo alguno para evitar que los criminales y otros elementos socialmente indeseables emigraran a América; en tanto que, a veces, la política británica llevó a efecto la deportación de la población criminal a sus colonias de Australia y América. Los españoles, al revés de muchos de los ingleses, no sintieron la necesidad de ir a América para escaparse de persecuciones religiosas o de otra especie. los españoles  no tuvieron que emigrar para librarse de tales condiciones opresivas en Europa.

Como ya hemos visto, en estrecho paralelismo con la deformación del «buscador de oro», está el común malentendido de que sólo los ingleses vinieron al Nuevo Mundo para construir hogares, mientras que los españoles vinieron para el saqueo y ulterior regreso a la patria con sus ganancias mal adquiridas. 

Los hogares más antiguos en América fueron construidos por los españoles en su doble papel de conquistadores y colonos. Cristóbal Colón, en su segundo viaje en 1493, llevaba cerca de 1.500 colonos, junto con los navíos e impedimenta (semillas, plantas, ganado, etc.) necesarios en tales empresas. Y el gobernador Nicolás de Ovando, a su llegada al Nuevo Mundo en 1502, lo hizo con una flota de cerca de 2.000 colonos, funcionarios, clérigos, etc. De ahí en adelante, los barcos y flotas que viajaban desde España al Nuevo Mundo llevaban regularmente mujeres, niños, criados, menestrales, operarios, comerciantes, etc.; en suma, todo tipo de carga humana.

Hasta las más lejanas fronteras, incluso a la llegada de los primeros españoles, las mujeres y las familias acompañaban con frecuencia a sus maridos y padres, haciendo frente a todos los peligros y dificultades con los  hubieron de enfrentarse en la expansión de tales territorios. En nuestros mal entendidos sobre la colonización española en el Nuevo Mundo, normalmente ignoramos la fortaleza y el espíritu de la mujer española, y la lealtad hacia sus hombres; un buen número de fascinantes obras podrían ser escritas sobre la mujer española en la conquista y colonización de las Américas.

En nuestra arraigada costumbre de condenar a los españoles como «exterminadores de indios» y «buscadores de oro», además de otros estigmas, pasamos por alto algunas de las cosas inevitables que tales procesos de conquista-colonización traen consigo.

La conquista española en América fue marcadamente un logro más de diplomacia que de guerra. Tuvo que ser así, puesto que las fuerzas de exploración e invasión fueron tan pequeñas que, de otro modo, no hubieran podido sobrevivir y conquistar.

Comparados con la perspicaz diplomacia española, las más famosas armas de fuego, caballos y espadas de acero fueron, a menudo, de menos eficacia. Como un erudito dijo, «Los conquistadores españoles podrían haber dado una lección a muchas de las cancillerías europeas» . 

La famosa historia de Cortés en Méjico, es ejemplo clásico de un proceso diplomático que se repitió con frecuencia. Los conquistadores tuvieron una constante necesidad de aliados indios y los buscaron por medios diplomáticos, algunas veces con demostraciones ejemplares de fuerza y astucia, a veces por medio de regalos, «palabras endulzadas» y tratados de alianza con ciertas tribus y naciones indias, para combatir a sus enemigos tradicionales . Los líderes españoles de la Conquista, según el espíritu europeo de aquellos tiempos, eran maquiavélicos en todo esto, si bien los jefes indios no les iban a la zaga. En todo caso, ¿cuándo llegó a ser un crimen la astucia diplomática?,  El más espectacular choque de armas ,eclipsa, con demasiada frecuencia, el fascinante juego mutuo de fuerzas diplomáticas en la confrontación hispano-india.

Asimismo, es correcto caracterizar las victorias españolas en América como un proceso de indios conquistados por otros indios, bajo la supervisión blanca. A menudo, el indio americano fue el mayor conquistador de su propia raza que lo fueron los españoles. Y esto pudo ocurrir porque el indio carecía de una fidelidad básica al concepto de raza; así los tlaxcaltecos   ayudaron a los españoles a derrotar a sus enemigos, los aztecas; y los aztecas, a su vez, ayudaron a los españoles en su lucha y colonización en otras fronteras.

Cualquier semejanza con la formación de una confederación de pueblos indios, unidos con el propósito de batir o exterminar al hombre blanco, no se puede encontrar en la historia de la Conquista en general. Si este hecho causa perplejidad, hay que recordar cómo, los Iroqueses, Algonquines, Hurones y otros, lucharon entre sí, instigados por consideraciones políticas trasatlánticas y por los europeos. Si se recuerda al propio tiempo cómo los europeos de aquellos días se peleaban entre sí, tan a menudo y con tanta impiedad, aun entre grupos de vínculos comunes como religión, raza y cultura, no se hace difícil apreciar el que los invasores españoles fueran capaces de explotar estos odios y rivalidades para ganar dominio, frecuentemente con poco derramamiento de sangre.

La fidedigna versión de la Conquista, difiere también en otros aspectos de nuestras descripciones usuales de héroes y villanos. Más fue, entre otras cosas, una empresa de la clase media —¡ni un solo Grande a la vista!— que una invasión a cargo de una arrogante aristocracia española. Rara vez en las filas de los conquistadores militó alguien más alto que los peldaños inferiores de la nobleza menor que, en nuestra terminología moderna, no pasaría de denominarse clase media.

La mayoría de los hombres que componían las fuerzas de exploración y conquista ni alcanzaba este rango. Por lo tanto, la Conquista española y la ocupación de América se llevo a cabo por niveles sociales aproximadamente equivalentes a los de aquéllos que dejaron a Inglaterra para construir sus cabañas en el Nuevo Mundo. También, como varios historiadores han señalado, esta conquista estubo caracterizada por la iniciativa privada y por la aparición de líderes, elegidos a veces por aclamacion popular, y por una especie de división de costos, peligros y recompensas, tal como lo hacen las corporaciones de negocios.

Visto así, las constantes disputas, desavenencias, contiendas y las guerras civiles en miniatura, que tuvieron lugar entre los conquistadores, son perfectamente comprensibles. Estos, no eran soldados profesionales, operando bajo una estrecha disciplina y línea firme de mando —desde la Corona y sus oficiales, hasta el simple soldado; eran una representación variada de casi todas las categorías sociales (excepto, por supuesto, la alta nobleza)— que se podían encontrar en la España de aquellos días. 

Buscando la oportunidad, arriesgando sus vidas a la vuelta de cada esquina, ellos naturalmente esperaban grandes recompensas, bien en forma de botín, en trabajo y tributos de indios, en tierras, en empleos gubernamentales o en cualquier otra cosa equivalente.

Cuando se considera todo esto, aquellos hombres deben de ser juzgados, no tanto por lo bárbaros que fueron, sino más bien por su conducta dentro de un ambiente de increíbles peligros y casi ilimitadas tentaciones. El hecho de que fuesen profundamente civilizados —es decir, de cultura tan avanzada como la del resto de los pueblos europeos de aquellos días— sin duda alguna explica la barbarie de algunas de sus acciones en el Nuevo Mundo. Se necesitan hombres civilizados para enseñar refinamientos de crueldad a los salvajes.

Durante su conquista del Nuevo Mundo, algunos españoles cometieron atrocidades a tal escala, que causa horror el contemplarlas; pero hay muchas razones para creer que los ingleses, holandeses, franceses, belgas, alemanes, italianos y rusos, en circunstancias similares en el siglo XVI, se hubiesen comportado tan mal o peor. (La crueldad de los alemanes en Venezuela en el período de la Conquista, fue duramente criticada por los españoles; esto puede indicar que los pueblos del norte de Europa, no eran más humanitarios que los españoles.)

Las atrocidades españolas fueron severamente censuradas por un clero de gran influencia, decidido y poderoso, y por otros que informaban a una Corona decididamente dispuesta a escuchar las quejas, e inclinada a legislar contra el maltrato de los indios y castigarlo . Tales restricciones, o no existieron, o fueron muy difíciles de discernir en el desarrollo de otros imperios europeos de ultramar hasta tiempos muy recientes.

Y la verdadera y horripilante inhumanidad de las civilizaciones del siglo XX, comprobada, por ejemplo, en los campos rusos de tortura y esclavitud, en los atentados de genocidio realizados por los alemanes y otros grupos, y en el lanzamiento de la bomba atómica por los americanos sobre Hiroshima, no deja campo ni da derecho a que los hombres actuales sienten cátedra de moralistas y enjuicien la conducta de los españoles del siglo XVI. 

Si Hernán Cortés se hubiese atrevido a realizar una masacre de poblaciones no combatientes, en escala parecida a las que se han hecho en el siglo XX, la Corona española, con toda seguridad, hubiera ordenado su castigo como un criminal monstruoso.

Los españoles, como todos sabemos, también buscaron oro y plata en América; es más, hallaron y explotaron fabulosas minas, con métodos similares a los empleados más tarde por europeos y americanos en la explotación del oro, cobre, caucho y petróleo. A lo largo de la Historia, en la cual abundan los casos de fiebre del oro, de la plata y los diamantes, la búsqueda, durante siglos, de ganancias en el comercio de esclavos y todas las demás formas de actividad explotadora, el interés español por las riquezas del Nuevo Mundo parece del todo lógico, enteramente normal y nada singular.

El hecho de que España gobernase seriamente y con hondo sentido de responsabilidad una gigantesca parte del Nuevo Mundo, durante unos tres siglos, de ordinario se pasa por alto en los libros de texto y en la literatura popular. 

Esta defectuosa perspectiva, nace generalmente de:

Crasa ignorancia; Atención desmesurada a la Conquista que, con sus episodios novelescos, las crueldades sangrientas, la búsqueda del oro, capta más vivamente el interés.

La atención abrumadora dada al movimiento de independencia hispanoamericano —, está más cerca a nuestros días y envuelve las emociones de rebelión y guerra, aparte de proveer excelentes oportunidades para sermones sobre la libertad frente a la tiranía española.

El distrayente romanticismo de la piratería, las rivalidades internacionales y las luchas en el Caribe —los Lobos de Mar Isabelinos, Morgan, los bucaneros, etc.

El cegador efecto del poderío de los Estados Unidos en tiempos más recientes, que desenfoca la visión histórica del hemisferio.

Cuando saltamos, desde Cortés a Miguel Hidalgo, desde Francisco Pizarro a José de San Martín y Simón Bolívar, o desde Francisco Vázquez de Coronado a El Alamo , con sólo alguna que otra frase sobre la tiranía española, el exclusivismo comercial, la esclavitud de indios o la censura de la Inquisición, perpetuamos una aberración histórica en gran escala.

Por ello, los puntos de vista de la conquista y el Mundo Hispánico, están casi siempre caracterizados por un abismo de ignorancia y una corrosiva deformación.

Este no es lugar apropiado para hacer un resumen de la historia imperial de la América española, ni es tampoco el fin que aquí se pretende. Pero serán de ayuda ciertas observaciones sobre los malentendidos más usuales tocantes a este período.

La gran cantidad de literatura polémica sobre la Conquista, arroja poca luz sobre la totalidad de la acción española en América. Esta materia controversial se refiere principalmente a las primeras décadas de las relaciones hispano-indias y, desde luego, ésta fue la peor época en cuanto al severo tratamiento dado a los indios. Las Casas trató exclusivamente sobre ésto y, puesto que es el autor más conocido, su discutible versión de la lucha —despiadados buscadores de oro contra inocentes y pacíficos aborígenes— llegó a ser,ipso fació, la base más popular para caracterizar, o simplemente descartar por completo, los siglos subsiguientes de dominación hispana. Esto produjo la impresión de que el largo dominio de España fue, sencillamente, una continua lucha y una matanza sin fin, y esclavitud de indios, falsa perspectiva que ha sido fundamento para un masivo complejo de hispanofobia.


La versión vulgar y simplista del reinado de España en América, como época de tiranía y pillaje, esclavitud, tributación desangrante y obscurantismo, no está de acuerdo con los hechos. El gobierno español, a lo largo de este período, fue generalmente más benigno que lo han sido la mayoría de los gobiernos hispanoamericanos posteriores a la separación de España. De no haber sido así, la dominación española no hubiera tenido tan larga vida.

Una de nuestras distinguidas autoridades en esta materia, el catedrático Lesley Byrd Simpson, escribe:
    «Considero que la capacidad media de los virreyes de Nueva España [Méjico] era tanta, que ningún país, a mi juicio, fue más afortunado con sus gobernantes. Nueva España tuvo muchas cosas en su contra ... pero disfrutó una larga vida (¡300 años!) de relativa paz, estabilidad y prosperidad, en marcado contraste con las pendencieras naciones de Europa. Algunos de los hombres que hicieron ésto posible, merecen ser conocidos» .

Un erudito inglés, Ronald Syme, dio a entender hace poco algo similar en un enfoque más amplio:

    «A pesar de las desventajas geográficas y de las distancias, España fue capaz de mantener sus extensos dominios durante tres siglos, y les dio el sello indeleble de su lenguaje, pensamiento e instituciones. Esa hazaña merece más honor del que comúnmente se le ha otorgado, y una más profunda investigación» .

El concepto básico del Imperio Español, no fue lo que nosotros llamamos hoy día «colonial». Más bien puede calificársele como el de varios reinos de ultramar oficialmente equiparados, en su categoría y dependencia de la Corona, con los similares de la Madre Patria. En la práctica, los peninsulares consideraban a los nacidos en América, de sangre hispana, como inferiores, y ésta fue la causa de frecuentes antagonismos entre «coloniales» y «europeos», factor muy explotado en las guerras de independencia.

Al criterio de equiparación responde una transferencia, virtualmente libre, de la cultura europea a la América Española, y del generalmente afortunado esfuerzo para hacer llegar a las posesiones de ultramar la civilización metropolitana. Aún más: se da a veces la curiosa paradoja de que ciertos impuestos en el Nuevo Mundo fueron menos onerosos que en España misma .

También se observa el hecho de que la vida en América era con frecuencia más fácil, o más próspera, que en muchos lugares de la Península, donde la pobreza era pan de cada día. Por lo que se refiere a comida, por ejemplo, los hispanoamericanos, de cualquier nivel social, tenían posibilidades tan buenas o mejores que las de sus correspondientes españoles o europeos. Aún sus clases más bajas vivían mejor que muchos de los labriegos de Europa.

Había, naturalmente, abusos por parte de los gobernadores, y gran cantidad y variedad de males característicos de una vasta burocracia, colesterol de todo imperio. Se cometieron crímenes de todas clases, como puede esperarse en un dominio de tal magnitud y tan larga vida, pero también existía una maquinaria judicial y legislativa para castigar tales abusos. Lo más importante, es el hecho de que las normas de legalidad y aplicación de las leyes estuvieran vigentes como en otras sociedades civilizadas. En general, la Corona no intentó imponer en América algo extraño o inferior a lo que regía en la Península.

Los impuestos, ordenanzas municipales, estatutos universitarios, legislación criminal y civil, justicia, fomento de las artes, sociedades benéficas, prácticas comerciales, etc. eran, muy semejantes al uso español y a las normas de los estados europeos. Por ejemplo, en prácticas gubernamentales y privadas concernientes al bienestar público, hay abundante prueba de que las acciones de los españoles demostraron una consideración muy avanzada para su época; y este tema merece mucha más atención del que ha recibido.

Según un catedrático de Farmacología de la Universidad de Méjico: «Lima, Perú, en los días coloniales, tenía más hospitales que iglesias y, por término medio, una cama por cada ciento un habitantes, índice considerablemente superior al que tiene hoy en día la ciudad de Los Angeles [California]».

La gran innovación fue, por necesidad, en lo relativo a asuntos indígenas. Tres siglos de tutela español y de interés oficial por el bienestar del indio americano, es un record no igualado por otros pueblos europeos en el gobierno de gentes de cultura inferior (o considerados como tales) en sus tierras de ultramar. De todas las faltas, de todos los errores, de todos los crímenes cometidos y aún admitiendo los intereses prácticos y hasta egoístas de la Corona, España no necesita, en su comportamiento general con el indio americano, justificación ni excusa ante ningún otro pueblo o nación.

A la Inquisición española y a su estructura Iglesia-Estado, se les acusa de obscurantismo opresivo, de haber emponzoñado los tres siglos de dominio español y de haber incubado tantos de los males que aquejan hoy a las naciones hispanoamericanas. 

El prejuicio anticatólico que existe en nuestro país, hace este mito particularmente atractivo, y muchos latinoamericanos de los siglos XIX y XX han hecho gala de ello.

Pero ningún investigador, familiarizado con la educación española y otros logros intelectuales en América —por ejemplo, educación del indio, promoción de la literatura, historia, investigaciones científicas, instrucción universitaria— suscribiría tal enjuiciamiento. 

El record español de unos veintitrés colegios superiores y universidades en América, con sus 150.000 graduados (incluyendo al pobre, al mestizo y a algunos negros), hace que la conducta de los holándeses más tarde en las Indias Orientales, y por tanto, en tiempos considerados más avanzados y propicios, aparezca, sin duda, con signos de franco obscurantismo. Los portugueses no establecieron una sola universidad en el Brasil colonial, ni tampoco en ninguna otra posesión de ultramar. El total de las universidades establecidas por Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia durante períodos más recientes de colonialismo afro-asiático, desmerece, sin duda alguna, al confrontarlo imparcialmente con el record anterior de España.

Sobre este tema, examinemos algunos comentarios del catedrático John Tate Lanning, de Duke University, experto sobre la cultura colonial hispanoamericana:

    «Hasta hace una generación, la teoría de que todo producto intelectual europeo fue excluido de América por un celoso monarca y por la Inquisición, se aceptó sin discutirla. Pero ahora, ningún investigador de prestigio se pronunciaría sobre la abundancia de libros que existían en América, basados exclusivamente en la apreciable «Recopilación de Indias» o en el «Indice de Libros Prohibidos». La llegada de la Ilustración europea a Hispanoamérica, nunca fue obstaculizada como se deduce de los reglamentos y catálogos».

    «Una grandiosa y tenaz injusticia, que brota de las tradiciones y emociones de los primeros historiadores nacionales [de Hispanoamérica], es la arrasadora condenación de la cultura colonial española calificada como tres siglos de teocracia, obscurantismo y barbarie».

Incidentalmente, observemos que fueron ejecutadas en Hispanoamérica poco más de un centenar de personas como resultado de los procesos de la Inquisición, durante unos 250 años de existencia formal. A mi juicio, ésto resulta bastante favorable (si me perdonan la palabra) en contraste con la tortura y ejecución de católicos en la Inglaterra de Isabel (1558-1603): 130 sacerdotes y 60 seglares, cifra que se eleva a 250 si incluimos los que murieron en prisiones del Estado. El cálculo de muertes de los acusados de brujería en los estados alemanes, durante los siglos XVI y XVII, alcanza sobradamente a varios millares.

Este puede ser un momento tan adecuado como cualquier otro para añadir algo sobre la Inquisición española, en su faceta de actuación en América. No porque esta institución fuese significativa en la historia total de estos territorios —en realidad no lo fue— sino por haber sido, durante tanto tiempo, punto de partida para prejuicios antiespañoles y porque ni fue, ni es hoy, cabalmente entendida.

Como antes se ha dicho, el número total de los ejecutados en nombre del Santo Oficio, fue pequeño. El empleo de la tortura física era relativamente infrecuente si se compara con el cuantioso número de los procesos, y se aplicaba bajo estrictos reglamentos, con garantías y condiciones más humanitarias que la mayoría de semejantes procesos judiciales requería en la Europa de aquellos tiempos. 

Gran parte de la jurisdicción del Tribunal se refería a asuntos que ahora corresponden a los juzgados civiles, tales como: bigamia, blasfemia, falso testimonio y otras inmoralidades de la epoca  como la perversión sexual. Debe también recordarse que en los siglos XVI y XVII, el período de mayor actividad de la Inquisición, la práctica de religiones disidentes era virtualmente sinónimo de traición, y ésto era cierto no sólo en España y sus posesiones, sino también en gran parte del resto de Europa. Así, los cripto-judíos, crípto-musulmanes y protestantes, eran vistos por las autoridades como traidores o agentes subversivos. 

A este mismo tipo de delincuentes pertenecían muchos de los que fueron ejecutados en las Américas .

El Santo Oficio, tanto en España como en América, estaba subordinado a la Corona. Salvo pequeñas excepciones, no tenía jurisdicción sobre los indios americanos. La censura de libros se ejercía principalmente en lo concerniente a literatura religiosa, sin que afectara de forma destacada a las principales corrientes por las que discurrían las bellas letras, obras científicas, etc. Como varios investigadores han demostrado, la censura, en general, no fue muy estricta ni exigente, y por ello su influjo sobre la totalidad de la cultura hispanoamericana fue relativamente ligero. 

Aun varios reconocidos enemigos de la Inquisición admiten que dicha institución trató el problema de la brujería con tino esclarecido, mientras en ciertas regiones de Europa se desencadenó una saña homicida en contra de la hechicería . Una de las principales actividades de la Inquisición se desarrolló en la disciplina de eclesiásticos (por ejemplo, procesos sobre solicitación en el confesionario), actuando así como pantalla protectora del pueblo contra comportamiento tan dañino.

El famoso auto de fe, ceremonia de alta popularidad, fue literalmente un acto de fe público, proyectado para exaltar el patriotismo, como diríamos hoy en día. Lealtad hacia la fe era sinónimo de lealtad hacia la Corona, al Estado, al Imperio y a la Cristiandad. El catolicismo romano era en la España Cristiana una universalidad más que aceptada .

Próximo ya el fin del llamado período colonial, las universidades e institutos hispanoamericanos, tanto en el campo científico como en el de humanidades, se vieron muy influenciados por las corrientes del cambio intelectual en Europa. Por ello, entre los educados en tal ambiente, se fraguaron ideas y conceptos que en muchos casos condujeron o coadyuvaron al subsiguiente predominio de los movimientos independistas.

La extensa y culta literatura sobre el desarrollo americano bajo el dominio español, continúa incrementándose, Resulta increíble , que logros culturales, dignos de consideración intelectual en tiempos posteriores, hubieran podido ocurrir en un ambiente inquisitorial hispano-católico; sin embargo, si se observa la situación con un mínimo de lógica, no hay lugar para asombrarse.

España, como debiera ser bien conocido, disfrutó de su Edad de Oro durante la mayor parte de los dos primeros siglos de su imperio en América, y no había razón para obstaculizar la transferencia de este incremento intelectual a los territorios coloniales. Y la verdad es que no lo hizo. Los españoles de América y sus descendientes, tuvieron acceso a los grandes avances intelectuales de España, y lo que es más, las universidades americanas fueron réplica de la de Salamanca, una de las más famosas de Europa. 

A través de la Madre Patria, les llegaron las corrientes intelectuales del resto de Europa, hecho que se produjo tanto en el siglo XVIII como en el XVI y XVII.

Casi toda la historia de España y de Hispanoamérica es un testimonio viviente de que los pueblos de origen español, tradicionalmente, no consienten una tiranía, que la mayoría, o al menos una gran minoría, considera insoportable.

España gobernó en América durante más de tres siglos sin soldados profesionales o fuerzas militares establecidas, excepto en algunas plazas donde eran necesarias principalmente para repeler ataques extranjeros o protegerlas contra ataques indios.

Durante este tiempo, no hubo rebeliones que indicasen un sensible grado de descontento con el gobierno de la Corona. Había, como era de esperarse, disturbios locales, conspiraciones y levantamientos que dejaron su marca en esta historia; pero, a excepción de algunas rebeliones estrictamente indígenas, se podían encontrar Peninsulares y Americanos en ambos bandos, y se limitaban a ámbitos de carácter regional, casi sin rastro de espíritu separatista.

Aún cuando Napoleón invadió la Madre Patria, usurpó el trono y «agitó el árbol de la independencia», impulsando a los de América a tomar excepcionales medidas de tipo autónomo, la mayoría de ellos no intentó, en un principio, separarse de la Metrópoli. La idea de independizarse de la Corona creció con lentitud, a pesar de la desintegración de los valores tradicionales que caracterizó a esa época. 

La independencia vino a ser casi un hecho accidental, y hubo en ello factores de mayor importancia que la idea de una rebelión popular contra la tiranía y el obscurantismo.

La fuerte propaganda antiespañola, nacida en círculos relativamente limitados, no obtuvo amplia popularidad en el comienzo. Después de varios años de ella, sazonados con sangrientos combates, cristalizó el odio dogmático y estimuló el entusiasmo por la independencia. Durante el período de la guerra y subsiguientes décadas, se produjo una abundante literatura de justificación con intenso colorido hispanofóbico.

En resumen, la evidencia presentada hasta ahora en monografías, artículos y publicaciones documentales, no permite que un observador imparcial califique aquellos tres siglos como de una tiranía singularmente opresiva o de un régimen de especial crueldad y obscurantismo.

Hay todavía mucho que aprender y descubrir en la historia de aquellas centurias, pero ya está claro que eran demasiado complejas para encasillarlas en epítetos tan generalizados. 

Sobre todo, es absurdo el considerarlas como una simple continuación de la Conquista. Aun si aceptáramos como ciertas las atrocidades conocidas a través del Obispo Bartolomé de Las Casas y si se admitiesen como usuales en aquella época, seguiría siendo un error imperdonable el estimarlas como imputables a la totalidad de los tres siglos, como frecuentemente se hace.

Y tal error se duplica al aceptar sin crítica la versión de Las Casas sobre la Conquista.

Bartolomé de Las Casas, héroe de los hispanófobos desde mediados del siglo XVI hasta nuestros días, es la persona más responsable de nuestros deformados puntos de vista sobre los españoles y su papel en América. 

Este obispo español, tan a menudo santificado en la literatura durante cuatro siglos y colocado hoy en un nicho de «santo» de la propaganda antiespañola, hizo más que cualquiera otro individuo para manchar el nombre de un pueblo y de una nación, la suya propia.

Seguramente no fueron éstas sus intenciones, ya que no podía adivinar cuánto su trabajo iba a favorecer los propósitos hispanofobos; pero sus escritos permanecen cerca del corazón y centro de la denigración de España. 

El es, entre otras cosas, un magnífico caso de estudio para valorar el daño que a largo plazo puede hacer un exaltado irresponsable, cuando es explotado por los fabricantes de propaganda dirigida contra su propia casa.

Publicado el miércoles, octubre 10, 2012. Etiquetas , , . Puedes seguir cualquier comentario a esta entrada por el RSS 2.0 RSS 2.0. Puedes dejar un Comentario, o trackback a esta entrada

7 comentarios:

  1. La Leyenda Negra consiguió, con la palabra y la mentira, con el rumor y la afirmación malintencionada, lo que las armas no pudieron doblegar. De hecho fueron masones adoctrinados en Inglaterra los que movieron la Emancipación que dio lugar a la pléyade de países fallidos que conocemos hoy en día. No obstante, la penetración de todas esas barbaridades es pasmosa. Lo tengo bien visto, pues al incluir artículos al respecto no puedo dejar de sorprenderme de cómo muchísima gente se ha creido a píes juntillas las desafortunadas versiones sajonas.

    Un saludazo.

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  2. coincido con tus reflexiones , un saludo

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  3. Espero que hayan leído el Libro "La destrucción de las Indias" de Fray Bartolomé de las casas" éste describe, en calidad de testigo, con pelos y señales lo que hicieron los españoles con los indígenas. Escalofriante. Y les recuerdo que Fray Bartolomé de las casas no era sajón.
    Manuel Fresnadillo

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  4. Aun si aceptáramos como ciertas las atrocidades conocidas a través del Obispo Bartolomé de Las Casas y si se admitiesen como usuales en aquella época, seguiría siendo un error imperdonable el estimarlas como imputables a la totalidad de los tres siglos .En resumen, la evidencia presentada hasta ahora en monografías, artículos y publicaciones documentales, no permite que un observador imparcial califique aquellos tres siglos como de una tiranía singularmente opresiva o de un régimen de especial crueldad.Y tal error se duplica al aceptar sin crítica la versión del Obispo Bartolomé de Las Casas sobre la Conquista.

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  5. Lo triste es que ni los americanos conozcan su historia, además no quieren asumir que los españoles se fueron hace siglos y que sus males actuales no son producidos por España. A alguien siempre hay que culpar para argumentar nuestras propias miserias.

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  6. Desde luego que la rapacidad y el carácter criminal no fue patrimonio solo de los españoles, sino que fueron rasgos comunes de todos los europeos que conquistaron América con singular rapacidad. Pero esto no disminuye en nada la enorme responsabilidad española en el aniquilamiento de millones de indígenas y en la explotación desmedida a que los sometieron. Tampoco esa crueldad se agotó con los indígenas sino que, cuando ya no quedaba suficiente mano de obra para explotar, continuaron con los esclavos africanos, en una tarea que también contó con el aval y colaboración de otras naciones europeas. En cuanto a los "estados fallidos" americanos (que supieron recibir a miles de emigrantes españoles que se vinieron de Europa corridos por el hambre y la explotación), desde luego que no pueden culpar a España de sus problemas, como tampoco pueden esperar nada de ella para salir adelante. Después de todo, ese país regido por un rey que caza elefantes y una "infanta" de cuarenta y pico de años que roba a su pueblo en medio de la peor crisis económica de su historia, también es considerado un "estado fallido" por muchos catalanes, vascos y gallegos, que luchan hace tiempo por separarse de una vez por todas.

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  7. Completamente de acuerdo con lo expuesto por Anonimo el 23 de febrero de 2014.Saludos de otro Anonimo:

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